Acabo de terminar de leer “El libro de las ilusiones”, la última novela de Paul Auster. Me ha encantado.
Auster recurre una y otra vez en sus libros a la muerte como experiencia revitalizante, como catalizador para despertar a la gente. Me gusta porque creo que me identifica. Las experiencias que yo he tenido cercanas a la muerte son las que más han contribuído a definirme tal y como soy ahora, las que me han enseñado a elegir aquellas cosas y personas de las que quiero rodearme.
Cosas al azar (o no tanto) de este último libro:
“Era una casita ridícula, una especie de chalé de montaña prefabricado, con moqueta de pared a pared y una chimenea eléctrica, pero su fealdad era tan extrema que rayaba en lo precioso. No tenía encanto ni carácter, ni detalles amorosamente trabajados, nada que indujera a pensar que alguna vez podría convertirse en un hogar. Era un hospital para muertos vivientes, parada obligatoria de afligidos, y habitar en aquel interior anodino e impersonal equivalía a comprender que el mundo era una ilusión que había que reinventar cada día.”
“Lo único que sé es que no tenía miedo. Cuando Alma Grund sacó el revólver y me apuntó al pecho, llegué a sentir menos miedo que fascinación. Comprendí que las balas de aquel arma contenían una idea que nunca se me había ocurrido. El mundo estaba lleno de pequeñas cavidades, aberturas sin sentido, vacíos microscópicos que la mente podía cruzar, y una vez que se estaba al otro lado de esos huecos, uno se liberaba de sí mismo, se liberaba de la vida, se liberaba de la muerte, se liberaba de todo lo que le pertenecía. Por casualidad, yo me había encontrado con uno de ellos aquella noche en mi cuarto de estar. Apareció en forma de revólver, y ahora que yo estaba dentro de aquel revólver, me daba igual salir de él o no. Me sentía enteramente tranquilo y absolutamente enloquecido, totalmente preparado para aceptar lo que ofrecía el momento. Es rara una indiferencia de tal magnitud, y como sólo puede lograrla alguien que esté dispuesto a dejar de ser lo que es, exige respeto. Inspira un temor reverente en quienes la contemplan.”
“Lo que más me asombró, creo, fue el mero hecho de que tuviera cuerpo. Hasta que lo vi acostado allí, en su cama, no estoy seguro de haber creído en él plenamente alguna vez. No como una persona auténtica, en cualquier caso, no de la manera en que creía en Alma o en mí mismo, no del modo en que creía en Helen o incluso en Chateaubriand. Me quedé atónito al comprobar que Hector tenía manos y ojos, uñas y hombros, cuello y oreja izquierda: que era tangible, que no era un ser imaginario. Lo había tenido durante tanto tiempo en la cabeza, que parecía imposible que pudiera existir en otra parte.”
“Los momentos de crisis producen una vitalidad redoblada en los hombres. O más sucintamente, quizá: los hombres sólo empiezan a vivir plenamente cuando se ven entre la espada y la pared.”
Leave a comment