“Tras largos días y largas noches pasados en la habitación de Yag bajo el efecto de la cocaína, empecé a pensar qe lo mas importante para el hombre no son los acontecimientos que rodean su vida, sino el reflejo de estos en su conciencia. Los acontecimientos pueden cambiar, pero mientras ese cambio no se refleje en su conciencia, la transformación es nula, absolutamente insignificante. Así, por ejemplo, un hombre que se enorgullece de su fortuna, sigue sintiéndose rico mientras no sabe que el banco en el que conserva su capital ha quebrado. Así, un hombre que tiene un hijo, no deja de sentirse padre hasta que se entera de que el niño ha sido atropellado y está ya muerto. De ese modo, el hombre vive no los acontecimientos del mundo exterior, sino el reflejo de estos en su propia conciencia.

Toda la vida del hombre, todo su trabajo, sus actos, su voluntad, su fuerza física e intelectual se emplean y se gastan sin control y sin medida únicamente para ejecutar un acto en el mundo exterior, pero no por el acto en sí mismo, sino por el reflejo que éste produce en la conciencia. Y si a todo esto añadimos que el hombre ejecuta esos actos para que, una vez reflejados en su conciencia, creen en ella una sensación de alegría y felicidad, se nos revela con claridad el mecanismo que mueve la vida de cualquier hombre, independientemente de que sea malo y cruel u honrado y bondadoso.

Dicho de otra manera, si un hombre trata de derrocar al zar y otro un gobierno revolucionario, si uno quiere enriquecerse y otro repartir su riqueza entre los pobres, todas esas aspiraciones contradictorias testimonian únicamente la disparidad de las actividades humanas, que en el mejor de los casos (y no siempre) puede servir de distintivo de cada persoonalidad; pero la causa de la actividad humana, independientemente de su diversidad, siempre responde a la necesidad de ejecutar en el mundo exterior un acto que, al reflejarse en la conciencia, despierte una sensación de felicidad.”